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Puebla de Don Fadrique |
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Cuatro estaciones, cuatro paisajes Comienza el año es invierno y el paisaje se viste de blanco, impresionan las paredes verticales de estratos rocosos cubiertas de hielo, de las tejas de las casas y cortijos el agua helada da forma de curiosos chuzos. En lo alto, la Sagra, que con su imagen siempre sorprendente atrae a la aventura, la escalada, a través de su embudo en la cara norte, se convierte en uno de los mayores atractivos de todo escalador en esta época. En los rellanos de Nablanca, la reciente nieve la construcción de muñecos y el descenso en trineo, son las principales actividades de los más jóvenes. Es tiempo de frío en el que el bosque duerme. El año continua, es primavera, el paisaje se viste de verde el cantar de colorines y pardicos dejan oir una dulce melodía transmitiendonos una feliz tranquilidad que con suavidad nos transporta a otro mundo maravilloso, es el despertar de la naturaleza. Los arroyos con sus susurros acompaña en el fondo del valle al cantar de los pájaros. Los campos rebosan de aromas, de hierba y de flores. El colorido invita al senderista a recorrer los numerosos caminos y veredas que hay por todo el término, beber el agua fresca de las nieves y descansar a la sombra de alguna noguera, olmo o encina. La acampada es ideal, pues aún no hay riesgo de incendios forestales, es tiempo de romería. El sol asciende a lo más alto, es verano y el paisaje se transforma de verde a amarillo, pero el frescor y el verdor se resisten a desaparecer y se refugian en el fondo de los valles donde innumerables riachuelos de los deshielos mantienen vivas chopeas y sargas, la gran variedad de plantas aromáticas, espliego, tomillo, mejorana y madreselva perfuman el ambiente. Es época propia para relajarse y evadirse en zonas como La Cañada de los Cazadores, el paisaje de las Santas o los Cortijos Nuevos de la Sierra. El pueblo se engalana para su Fiesta de los Despertadores en agosto, apetecen las tertulias al fresco de la noche, los paseos al aterdecer o el "tapeo" en terrazas de verano. Es tiempo de descanso. Los días son cada vez más cortos, es otoño y el paisaje se vuelve multicolor, los árboles se desnudan y el suelo se viste de tonos marrones. Las primeras lluvias mezcladas con calor invitan al paseo por montes y prados para poder disfrutar de las sabrosas setas y níscalos. Durante el día los lugareños se afanan en la recolección de sus cosechas, barajones y fardos son movidos de aquí para allá, en los cruces de caminos una mirada nos indica la cantidad de almendras recogidas en esta jornada, y en la noche el ruido de la máquina se vuelve familiar. La tarde se viste de rojo cuando se despide el sol. Es tiempo de feria.
TEXTO: José Fidel Rosillo FOTOS: Foto Iris |