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Puebla de Don Fadrique |
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El asesinato de los jesuitas de la U.C.A. Hoy se cumplen diez años de la muerte de Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador, que fue asesinado junto a dos empleadas de aquella Universidad y cinco sacerdotes jesuitas más, de los que cuatro eran, con Ellacuría, profesores de la UCA. Los cinco profesores universitarios eran españoles. A los diez años de aquella masacre brutal, llevada a cabo por militares de El Salvador, con el consentimiento de la embajada de EE.UU., hay motivos para reflexionar, desde un nuevo punto de vista, sobre lo que ocurrió entonces. A Ignacio Ellacuría y sus compañeros los mataron porque, en una situación determinada, dijeron lo que tenían que decir. Las circunstancias de lo que allí ocurrió son conocidas. Ellacuría y los otros jesuitas asesinados no eran comunistas, como proclamaron a los cuatro vientos no pocas personas de extrema derecha de El Salvador y también de España. Ni eran comunistas ni partidarios de ninguno de los dos bandos enfrentados en la guerra civil que duró doce años y que costó más de 70.000 muertos, en un país más pequeño que la provincia de Badajoz. Ellacuría y sus compañeros fueron profesores universitarios, conscientes de sus responsabilidades en una situación gravísima. El Salvador era un país propiedad de 14 familias, que vivían en la opulencia y el refinamiento, mientras la gran masa del pueblo se moría literalmente de hambre. Y además de profesores universitarios, eran sacerdotes que sabían leer el Evangelio y sacarle las consecuencias. Así las cosas, pasó lo que tenía que pasar. Los seis jesuitas asesinados no se ca1laron ante aquella situación. Y el caso es que dijeron lo menos que se podía decir en tales circunstancias. Lo que dijeron es que había que dialogar entre unos y otros, entre opresores y oprimidos , entre las partes enfrentadas. Para buscar entre todos la solución más humana y razonable. Pero había quien no estaba dispuesto a dialogar. «El diálogo es una traición a la patria», declaró en septiembre de 1983 el Ejército Secreto Anticomunista (ESA), un escuadrón de la muerte, descrito por la CIA como la «organización maramilitar» del Partido Arena (actualmente en el poder). Ellacuría y sus compañeros pidieron diálogo, respeto, justicia y paz. La respuesta de los militares fue el asesinato. Han pasado diez años.Y la pregunta es: ¿Para qué sirvió y está sirviendo tanto sufrimiento y tanta muerte? Cualquiera que visite El Salvador, en seguida se da cuenta de que ahora mismo la situación está peor que durante la guerra. Hay más hambre que había entonces. Y sobre todo, hay más violencia. Yo acabo de venir de aquel país. Y los datos más fiables indican que actualmente se produce diariamente un 36°% más de muertes violentas que durante la pasada guerra civil. Hace pocos días, el diario La Prensa Gráfica publicaba los resultados de una encuesta según la cual "en seis meses el 35% de los salvadoreños ha sido víctima del crimen". Más aún, "cada trece segundos" alguien es víctima, de alguna manera, de la violencia. Se trata sencillamente de un país en el que el tejido social se descompone por días. En los años de la guerra civil, la muerte tenía un sentido. Muchos miles de personas dieron entonces su vida porque tenían esperanza de que su sangre fuera el precio de un futuro mejor. Hoy la muerte ya no tiene sentido alguno. El poder del dinero, el poder político y la corrupción que acompaña a todos los poderes han sido más fuertes que la muerte. Y sin embargo, lo sorprendente es que el pueblo, la gente sencilla, no pierde la esperanza. A pesar de tanto fracaso y de tanto sufrimiento, los pobres siguen creyendo que la sangre de sus mártires no se derramó inútilmente. Pero la lección que nos dejaron los mártires de la UCA, como diez años antes la lección que nos legó Monseñor Romero, a pesar de tanta frustración, de tanto sufrimiento y de tanta desesperanza, sigue en pie. Esa lección es tan clara como fuerte: hay situaciones en que no se puede callar. Porque hay silencios que son más elocuentes que muchos discursos. Es verdad que hay circunstancias en las que, por decir lo que hay que decir, se tiene que pagar un precio muy alto, que puede llegar a la pérdida de la propia respetabilidad, de la propia libertad y hasta de la propia vida. Pero cuando está en juego la vida de seres humanos, millones de seres humanos, callarse es hacerse cómplice del fracaso de las víctimas. La aplicación de todo esto, a nuestro contexto de España, es tan clara como inevitable. Entre nosotros, ahora mismo, hay silencios que no tienen más explicación que el miedo inconfesable de quienes no quieren, por nada del mundo, complicarse la vida. Cuando sabemos, por poner un ejemplo, que en los presupuestos del estado, para el año 2.000, se destinan 200.000 millones de pesetas a investigación en nuevos armamentos de guerra; y cuando uno se entera de que esa cantidad equivale al presupuesto total de El Salvador, es evidente que callarse, ante semejante decisión, es hacerse responsable de que eso se lleve a efecto impunemente, mientras que el Gobierno dice que no hay dinero para dar, en ayudas al Tercer Mundo, ni el 0,7% del PIB, que pidió la ONU hace más de cuarenta años. Así las cosas, hay que preguntarse: ¿Qué significa eso de que España va bien? ¿A costa de qué y a costa de quién vivimos como vivimos? ¿Qué se dice en los miles de homilías que se predican cada domingo en nuestras iglesias? ¿De qué escriben o qué enseñan nuestros intelectuales en sus cátedras? ¿A qué cosas se les da importancia y a qué cosas no se les da en los medios de comunicación? ¿Cómo se forma la opinión de los españoles en estos asuntos? ¡Para qué seguir! Los ocho mártires de la UCA, que recordamos hoy, pagaron el precio de la honradez y la coherencia. Ni más ni menos que eso. Porque ahora mismo, tal como se ha puesto este mundo, ser honrado y coherente puede exigir -y con frecuencia exige- un precio muy alto José Mª Castillo (Publicado en IDEAL el Martes 16 de Noviembre) Desde este boletín informativo manifestamos nuestro acuerdo con el artículo escrito por nuestro querido paisano y le agradecemos sus enseñanzas así como nuestro reconocimiento por el coraje que está mostrando en su labor tanto en Granada como en Centro América en defensa de los oprimidos.
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